Cuando cesa la anestesia
Hay una violencia que vemos en el mundo —en las noticias, en las calles, en las redes— y otra que apenas nombramos porque se ha vuelto normal: la violencia íntima de vivir contra nosotros mismos. A menudo se buscan causas externas, culpables visibles, explicaciones políticas.
La violencia que observamos y padecemos no surge solo de ideologías o intereses: brota también de una relación distorsionada con lo que somos. Somos individuos únicos dentro de una vasta diversidad de individualidades. Cuando ignoramos esa naturaleza singular —la nuestra y la de los demás— dejamos de respetar ritmos, límites y necesidades. Y cuando el respeto desaparece, la imposición ocupa su lugar.
En la experiencia encarnada esto se reconoce con crudeza: el organismo se autorregula y despliega su energía antes de cualquier elaboración racional. Hay un orden que se renueva en cada latido, con cada respiración, a cada paso. Pero la mente, fijada en sus ideas y estrategias, intenta imponer un “orden” por oposición a ese orden vivo. Esa fijación mental sobre el proceso natural del organismo genera violencia interna; y muchas enfermedades no son solo “fallos” biológicos, sino señales de esa fricción sostenida.
El primer gesto de transformación no es grandioso: es un giro de atención. Observar la disociación entre el cuerpo y los procesos mentales. Escuchar en lugar de resistir. Abrir un espacio de acogida al flujo de vitalidad en el organismo cuerpo‑mente. En ese espacio, la mente racional puede alinearse con la unicidad de la propia naturaleza. El auto‑respeto —no como autoestima narcisista, sino como fidelidad al ritmo real— es el primer paso hacia una transformación radical de la mente.
De lo íntimo a lo colectivo
Lo que ocurre dentro no se queda dentro. Una cultura que habitúa a muchos de sus miembros a resistir lo vivo termina reproduciendo ese patrón en la vida colectiva. Si no escucho mi organismo, tampoco escucharé al otro. Si no tolero mi dolor, tampoco toleraré el dolor ajeno. Si me he educado para anestesiarme, buscaré anestesias a escala social.
Ahí aparece el núcleo silenciado que Joost Darwisj Kuitenbrouwer formuló con precisión: la modernidad no solo administra recursos; organiza una represión del sentir. Se nos enseña a no llorar, a invulnerabilizarnos, a reprimir la ternura, a despreciar la mansedumbre. El mensaje ha sido: evita “afeminarte”, porque eso amenaza tu eficiencia y tu capacidad de actuar. Cultura como vivencia, como sensibilidad y espíritu, se excomulga en nombre de una racionalidad que confunde control con verdad.
Cuando no se permite sentir, la sombra no se integra y la violencia se normaliza. Lo que no se atraviesa por dentro reaparece fuera como dato “objetivo”, como realidad incambiable. Y entonces no solo dejamos de actuar: dejamos de sentir. Esa es la desactivación más profunda.
Pan y circo: la anestesia antigua, el refinamiento moderno
Décimo Juvenal lo nombró en la *Sátira X*: *panem et circenses*. Subsistencia asegurada y atención capturada. No se trata solo de entretenimiento; es una pedagogía del deseo: el pueblo aprende a desear poco, y ese poco es administrable.
Aldous Huxley mostró el perfeccionamiento en *Un mundo feliz*: no hace falta prohibir si se puede seducir; no hace falta castigar si se puede anestesiar. Thomas Merton añadió la clave moral: la sociedad tiende a presentar su mal como una forma de bien. No siempre miente; mezcla. Y en esa mezcla, el bien parcial funciona como coartada del daño estructural.
Abraham Maslow dejó una pregunta que atraviesa nuestra época: ¿qué ocurre con los deseos cuando hay un montón de pan y la tripa está llena crónicamente? La respuesta incómoda es que el deseo no asciende por sí solo. Puede empobrecerse, fragmentarse, volverse manejable. La abundancia no garantiza libertad interior.
La pirámide retorcida desde la base
![]() |
| Los cinco niveles de necesidades según Maslow |
Cuando se intenta explicar el letargo en términos individuales, el foco suele ponerse en la cúspide —la autorrealización—. Algunos análisis contemporáneos, como los de Edgar Cabanas y Eva Illouz, han mostrado cómo ese ideal, convertido en norma, tiende a homogeneizar. Pero el mecanismo es más eficaz porque opera desde abajo.
Las necesidades fisiológicas y de seguridad ya no son solo condiciones de vida: son territorios de intervención. El pan no solo se ofrece: se modula. La seguridad no solo se procura: se dramatiza. Las fuerzas del orden, la gestión del riesgo, la amenaza permanente y la tecnología que promete protección van configurando un clima en el que obedecer se vive como cuidado.
Luego llega la colonización del ocio. El tiempo libre, en lugar de abrir un espacio de gratuidad, se convierte en circuito de consumo, desplazamiento y estímulo. Viajar, entretenerse, “desconectar” se presentan como libertad; a menudo son dispersión sistemática. El sujeto se mueve mucho, pero no se desplaza interiormente.
En ese terreno prospera un individualismo narcisista que no nace de la autonomía, sino de la fragmentación. El otro deja de ser prójimo o adversario: es espejo, competencia o audiencia. La comunidad se diluye no por represión directa, sino por saturación de experiencias privadas.
La cúspide impostada: cuando la autorrealización se vuelve mandato
En este contexto, la autorrealización se desplaza de horizonte vital a norma social, imponiéndose precisamente al presentarse como elección. Lo que en Maslow era raro, exigente e inestable se transforma en consigna universal: “sé tú mismo”, “cumple tu potencial”, “optimízate”. La plenitud se vuelve un deber.
Byung‑Chul Han ha descrito este giro como el paso del sujeto obediente al sujeto del rendimiento: ya no se necesita un amo visible, porque el individuo se explota a sí mismo creyéndose libre. La autorrealización, así entendida, deja de ser apertura y se vuelve gestión del yo.
Y aquí se completa la trampa: un mundo que incrementa los peligros produce sujetos que, para sobrevivir, aprenden a administrarse. No se les pide transformar lo real; se les pide adaptarse emocionalmente a ello.
Encarnación: la escena geopolítica como espectáculo y coartada
El artículo compartido de Emilio Carrillo —*A propósito de Venezuela: el desorden global como seña de identidad del nuevo orden mundial*— es revelador, más allá de la veracidad de los hechos concretos que afirma, por una razón: muestra con nitidez el tipo de relato que hoy circula para nombrar la época. En él se presenta un mundo donde la erosión de normas internacionales se vuelve normalidad, donde el “orden basado en reglas” ya no sería el pilar del sistema, y donde el desorden funciona como identidad del nuevo orden.
Lo decisivo, de nuevo, no es tomar partido por el relato, sino reconocer el mecanismo: la política global se consume como espectáculo —un tablero en el que la fuerza redefine lo permitido— mientras la vida cotidiana del individuo se repliega hacia la gestión interior. El mensaje implícito es: *el mundo es ingobernable; tú, en cambio, debes gobernarte a ti mismo*. Así, la administración del yo se vuelve el complemento perfecto del desorden global.
Y el horizonte último de ese acoplamiento —desorden arriba, autogestión abajo— es el que Carrillo sugiere en el cierre de su artículo: la posibilidad de “un futuro sin alma” y una “huida… hacia lo virtual y artificial” como modo de supervivencia, tras expulsar lo genuinamente trascendente y espiritual de la vida personal y social.
Tomado como imagen-límite, ese futuro no describe solo una deriva tecnológica, sino una consecuencia antropológica: cuando el sentir se reprime y la vida se reduce a gestión, lo virtual deja de ser herramienta y se convierte en refugio; lo artificial deja de ser apoyo y pasa a ser sustituto. El transhumanismo —más allá de sus promesas y debates— puede leerse entonces como la tentación de escapar del cuerpo y del dolor en vez de atravesarlos: una culminación coherente de la invulnerabilidad aprendida.
El núcleo: no sentir para funcionar
Si juntamos las piezas, aparece una tesis incómoda: la imposición más eficaz no se ejerce primero sobre la conciencia política, sino sobre la capacidad de sentir. Una sociedad que premia la invulnerabilidad y desprecia la ternura produce sujetos que resisten la vida dentro de sí; y esa resistencia se traduce afuera en dureza, indiferencia o cinismo.
Desde ahí, el despertar no puede reducirse a “informarse mejor” ni a “autorrealizarse más”. Remite al contacto con lo vivo: con el cuerpo, con el dolor, con la rabia y la tristeza que, atravesadas, pueden devenir ternura. Sentir no como sentimentalismo, sino como una forma de lucidez que se abre en lo que nos acontece: la lucidez de un corazón que ya no se consuela con recetas anestéticas.
El umbral: una incomodidad necesaria
¿Hasta qué punto lo que llamas seguridad es, en realidad, una forma sofisticada y encubierta de obediencia?
¿En qué momento el cuidado de ti mismo dejó de ser atención a lo vivo y se convirtió en una coartada para retirarte del mundo?
¿Cuánta de la libertad que reivindicas no es más que una administración eficaz de tus miedos y tus placeres?
Y una pregunta que no admite respuestas rápidas: si este orden necesita de tu adaptación constante para sostenerse, ¿qué ocurriría si dejaras de acomodarte interiormente a aquello que sabes injusto?
El verdadero despertar —humano y espiritual— no apunta a realizarse mejor, sino a algo más desnudo: descubrir la imposibilidad creciente de seguir colaborando con aquello que empobrece la vida.
Así, el sentir acontece como un latido sencillo cuando cesa la anestesia.
Y ese latido —silencioso, inútil, no gestionable— introduce una grieta en un mundo que solo tolera lo que puede medir, optimizar y controlar.

Comentarios
Publicar un comentario