Honrar o deshonrar la Vida
“No sólo tienen simpatía por los mendigos y los gatos.Su corazón se duele también por lo que su ojo no ve.”— Antón Pávlovich Chéjov“Quien conoce a su corazón, desafía a sus ojos.”— Gastón Soublette Asmussen“Eres único. No tienes elección. Ámate a ti mismo.”— Ra Uru Hu
El legado de la sensibilidad se transmite como una presencia.
La vida se reconoce cuando es sentida, cuando el corazón participa de la mirada y la percepción conserva su profundidad.
Conocerse inaugura este movimiento. No se trata tanto de una forma de introspección como de reconocer y honrar la propia esencia. Cuando esa verdad se vuelve visible, algo se ordena. Chéjov lo señala con precisión: el ser humano mejora cuando puede verse con claridad. Ra Uru Hu añade la base indispensable: amar(se) para permitir que la singularidad encuentre su expresión natural.
Soublette sitúa el corazón en el centro de esta experiencia. El corazón reconoce y vincula. Cuando participa de la mirada, la percepción se vuelve íntegra y la ética surge sin imposición. Honrar la Vida aparece entonces como un gesto espontáneo: cuidar lo vivo porque se lo siente próximo y verdadero.
En ausencia de sensibilidad, otra lógica ocupa el espacio. Soublette la nombró Tánatos: una fuerza que endurece la percepción y vuelve administrable lo que es vivo. Frente a ella, recuperar sensibilidad en tiempos de embrutecimiento se vuelve un acto esencial de fidelidad a la Vida.
Lo podríamos recoger en una pregunta esencial, disponible en cada instante:
¿Este gesto honra la Vida… o la deshonra?
La respuesta se reconoce en la experiencia de coherencia,
cuando el corazón, la mirada y la acción se orquestan en el mismo pulso.


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