Cauces de identidad
Hexagrama 49: cambiar el mundo desde dentro
¿Podemos leer con todo el cuerpo?
Hay cambios que no se dejan moldear como ideas.
Empiezan como una sensación.
Un nudo en el estómago.
Calor en el pecho.
Tensión en la mandíbula.
La necesidad de tener razón.
O esa prisa por terminar, por empezar, por responder…
El Hexagrama 49. Ko —La revolución (La muda)— puede leerse así: como el momento en que una forma de estar en el mundo se queda estrecha en el cuerpo. No sirve ya. Aprieta. Irrita. Y pide otra piel.
Porque una identidad, además de rondarnos la cabeza, se instala en el tono muscular con el que miramos, hablamos, nos defendemos. La identidad es también un gesto.
El nacimiento de un río: el borde que protege… y el borde que encierra
Toda identidad empieza como un borde necesario. Un “yo” que se forma como centro de experiencias y sentido. Ese borde puede ser sano: da coherencia, permite vínculo, permite acción.
Pero a veces el borde se vuelve armadura.
Y entonces el cuerpo lo sabe antes que la mente: se endurece, se cierra, se acelera.
Te propongo una parada breve (20 segundos):
El río se estrecha cuando confundimos identidad con esencia. Cuando el “yo” deja de ser una forma provisional y se convierte en algo que defender a toda costa. El cuerpo lo acusa antes que la mente: se fortifica, se intensifica, se prepara.
Y, sin embargo, lo que creemos sólido rara vez lo es.
Aunque el “yo” —identidad personal—
o el “nosotros” —identidad tribal, cultural o nacional—
Cuando esa rigidez no se reconoce, el cuerpo busca descargarla. Y entonces aparece la necesidad de contraste. De oposición. De enemigo. El antagonismo ofrece algo que la adaptación no ofrece de inmediato: líneas claras.
Cuando el cuerpo no se siente seguro, busca simplificar el mundo.
En ese estrechamiento aparece una fuerza antigua: el rechazo.
Ahí el odio encuentra su terreno fértil.
“El odio es, por su naturaleza, ciego.”
— Martin Buber
Esa ceguera no es una teoría: es una experiencia corporal. Cuando odiamos (o cuando nos enfurecemos), el mundo pierde matices. El otro deja de ser un rostro permeable y se convierte en etiqueta. El cuerpo se prepara para atacar o defenderse. La respiración sube. El campo visual se estrecha. La sangre se mueve como si hubiese peligro.
No es “maldad”. Es un modo primario de supervivencia.
Pero si se convierte en identidad, nos vuelve incapaces de ver.
Primer afluente: la frustración que se convierte en dureza
Cuando la necesidad de dignidad se frustra una y otra vez, no solo duele: se hace densa. El cuerpo aprende una postura: “no me van a humillar otra vez”. Y esa postura, con el tiempo, busca salida.
“Cuando se frustra repetidamente, el deseo de ser un individuo —de alcanzar objetivos de estabilidad, seguridad y dignidad personal— se vuelve indistinguible del deseo de dominar y degradar a otro ser humano.”
— Pankaj Mishra
Aquí hay algo clave para el cuerpo: cuando no puedo sostener mi dolor, necesito moverlo. Y la forma más rápida de moverlo es empujarlo hacia fuera. Convertirlo en enemigo. Convertirlo en causante.
Ahí empieza la revolución desde “afuera”: en un microsegundo de contracción interna.
Los rápidos: cuando la identidad se sacraliza
En los rápidos, la palabra “revolución” suena a alivio: por fin algo cambia. Pero el Hexagrama 49 no idealiza el estallido. Pregunta: ¿desde dónde nace el cambio? ¿Es muda de piel… o es una armadura nueva?
La historia muestra el punto donde la identidad ya no solo se defiende: se vuelve sagrada. Y cuando algo es sagrado, lo demás se vuelve sacrificable.
“Hoy disparé a Lenin. Lo hice con mis propios medios. No diré quién me proporcionó la pistola. No daré ningún detalle. Tomé la decisión de matar a Lenin hace ya mucho tiempo. Le considero un traidor a la revolución.”
— Fanni Kaplan
Aquí el cuerpo también está presente: la certeza se siente como claridad, como descarga, como “por fin”. Y por eso es peligrosa. Porque el cuerpo puede confundir alivio con verdad.
No todo lo que se siente “claro” es legítimo.
A veces lo claro es simplemente lo estrecho.
Segundo afluente: integridad que enraíza
¿Dónde se abre otra posibilidad? En un cambio de gesto: dejar de buscar culpables y tomar responsabilidad. No como culpa (otra forma de violencia), sino como capacidad: “¿qué sí puedo hacer yo aquí, sin reproducir el mismo patrón?”
“En el corazón de la permacultura hay un deseo fundamental de hacer lo que creemos correcto y de formar parte de la solución, en lugar de formar parte del problema.”
— Patrick Whitefield
La permacultura enseña algo somático sin decirlo: observa antes de actuar. Respira antes de intervenir. Mira los patrones. Ajusta. Regenera.
Es un modo de revolución sin épica, pero con cuerpo: menos adrenalina, más atención. Menos enemigo, más diseño.
Tercer afluente: el antagonismo está dentro
Aquí entra una frase que funciona como bisagra. Porque baja el conflicto del cielo de las ideas al suelo del organismo.
“Afuera, en el mundo, científicos y místicos van a seguir discutiendo por mucho tiempo. Pero dentro nuestro creo que hay que adquirir un rigor muy grande en la disolución de tendencias antagónicas que están dentro de cada uno de nosotros.”
— Eugenio Carutti
Esto es la revolución del 49 en versión íntima: no se trata de ganar la discusión afuera, sino de disolver la guerra adentro.
Porque el enemigo externo, muchas veces, es la forma más eficiente de no sentir una división interna:
una parte de mí quiere amar y otra quiere castigar;
una parte quiere pertenecer y otra quiere retirarse;
una parte busca verdad y otra busca control.
Cuando esa tensión interna no se metaboliza, el mundo se divide en bandos para sostenerla.
La desembocadura: la puerta que se abre con los siglos
Cuando el río ha recogido estos afluentes —ceguera, frustración, certeza armada, ética encarnada, rigor interno— llega a un mar más grande. Se trata de un cambio de escala.
Darwin lo describió como un proceso lento: el círculo de los semejantes se amplía con el tiempo. La identidad colectiva muta, lenta y gradualmente, a través de generaciones.
“A medida que el hombre avanza por la senda de la civilización, y que las tribus pequeñas se reúnen para formar comunidades más numerosas, la simple razón dicta a cada individuo que debe hacer extensivos sus instintos sociales у su simpatía a todos los que componen la misma nación, aunque personalmente no le sean conocidos. Una vez que se llegue a este punto, existe ya sólo una barrera artificial que impida a su simpatía extenderse a todos los hombres de todas las naciones y de todas las razas.
La experiencia viene a demostrarnos, desgraciadamente, cuán largo tiempo transcurrió antes de que miráramos como semejantes a los hombres que difieren considerablemente de nosotros por su aspecto exterior y por sus hábitos. Una de las últimas adquisiciones morales parece ser la simpatía, extendiéndose más allá de los límites de la humanidad.”
En clave somática, esta “barrera artificial” no es solo una idea. Es una sensación: el cuerpo marca distancia, sospecha, cierre… ante lo diferente. Y esa barrera puede aflojarse. Lentamente. Con práctica. Con encuentros. Con madurez.
Ahí aparece el corazón evolutivo del 49:
La revolución más profunda ocurre cuando dejamos de necesitar un enemigo para sostener la identidad.
Cuando la piel vieja (la que solo sabe pertenecer contra alguien) se queda pequeña.
Puede que el conflicto continúe, pero el cuerpo aprende a sostener tensión sin fabricar un culpable.
Cauces de identidad
Quizá “cauces de identidad” no sea una idea brillante, sino algo íntimo y cotidiano: la forma en que tu cuerpo aprende a no endurecerse ante cada diferencia.
La puerta se abre a lo largo de los siglos, sí.
Pero también se abre cada vez que, en un instante pequeño, notas la contracción…
y en lugar de convertirla en enemigo,
respiras.
Nils Frahm — “Says”
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