La mentira como regulación

La hipocresía que hipoteca al mundo común

“Para manejarnos bien tenemos que jugar el juego; para no perder el alma, debemos comprender que solo se trata de un juego y elegir como y cuando jugarlo. Con desapego y práctica, descubriremos los lugares y los momentos adecuados para que cada personaje del ego tenga su oportunidad sobre el escenario.”

— Gabrielle Roth



Mentirse rara vez es un “pecado”. En la mayoría de los casos es regulación: una manera —a veces brillante, a veces desesperada— de bajar la intensidad de lo que el organismo no sabe sostener.

Se fabrica futuro para no sentir incertidumbre.
Se fabrica explicación para no tocar duelo.
Se fabrica ideal para no atravesar pérdida.

Y sin darnos cuenta, el relato sustituye a la experiencia.

Esta dinámica no es un problema “psicológico” en abstracto. Es una tecnología de supervivencia. El giro inquietante de nuestra época es que esa tecnología se ha vuelto colectivainstitucional y económica. Se ha convertido en sistema.


La economía como ficción operativa

Un texto reciente —basado en un informe del Instituto Internacional de Finanzas (IIF)— afirma que la deuda global (pública y privada) se acercaría en 2026 a los 400 billones de dólares, alrededor del 325% del PIB mundial.

No es solo una cifra descomunal. Es un síntoma: una economía que aprende a funcionar por adelantado, como si el futuro fuese un recurso extraíble.

El propio texto lo dice con una frase que, leída despacio, retrata un cambio de época:

“En términos estrictamente económicos, de ningún modo. Ahora bien, en la realidad expandida… sí es posible.” 

260202.La economía mundial se …

Es decir: lo imposible puede seguir siendo “viable” si se sostiene en una realidad hecha de expectativas, de virtualización, de promesa. Y aquí aparece la hipocresía: seguir hablando de suelo común mientras se normaliza vivir sobre deuda —sobre futuro prestado— como si no tuviera coste humano, cultural y somático.


La “raza de deudores” como forma de pertenecer

En ese mismo documento se recupera la expresión de Bauman: “raza de deudores”, una condición en la que Estados, empresas y particulares quedan aprisionados por el crédito.

Lo decisivo no es la deuda en sí, sino lo que la deuda enseña:

  • que se puede consumir hoy hipotecando mañana,

  • que se puede prometer sin encarnar,

  • que se puede “vivir” sosteniendo una ficción operativa.

La deuda, en ese sentido, no es solo contabilidad: es una escuela de psicología colectiva. Una pedagogía de la promesa.


El Oeste de Baricco: cuando la promesa mueve a los cuerpos

Baricco lo dijo con una imagen memoriosa: la globalización como el Oeste americano. Se señala un territorio de promesa; millones se desplazan hacia allí; al llegar se descubre que “no había nada”; y entonces hay que crearlo.

Esa metáfora contiene una verdad ambivalente:

  • La fantasía puede ser motor: moviliza, abre caminos, inaugura mundo.

  • Pero también puede volverse sedante: calma el miedo sin crear realidad.

La diferencia es crucial.

En la versión “Oeste”, la promesa obligaba a tocar suelo.
En la versión tardía de nuestro tiempo, la promesa puede circular sin suelo.

Y cuando una promesa deja de exigir cuerpo, se convierte en protocolo.


Cuando la fantasía se vuelve protocolo

Aquí la “mentira como regulación” muestra su cara colectiva:

  • Futuro como anestesia del presente.

  • Explicación como sustituto del duelo.

  • Ideal como evasión del límite.

La fantasía ya no aparece como fantasía. Aparece como gestión responsable. Como lenguaje impecable. Como programa.

Y mientras tanto, lo común se va quedando sin suelo: no porque falten palabras, sino porque sobran palabras que no pasan por el cuerpo.


La fuerza de lo pequeño: lo que devuelve el suelo

El I Ching nombra el Hexagrama 9 como “la fuerza de lo pequeño”. No habla de modestia. Habla de una potencia sin espectáculo: aquello que, sostenido, cambia el clima.

Viento suave.
Nube ligera.
Goteo constante.

En el mapa del Diseño Humano, esa cualidad reaparece como Puerta 9: el foco, la atención sostenida, la capacidad de concentrarse en lo minúsculo hasta que lo minúsculo reorganiza el sistema.

Esto importa porque ofrece una salida que no puede ser cooptada tan rápido por el discurso:

lo pequeño es verificable.

Una conversación que no necesita ganar.
Un límite sostenido sin drama.
Una espera real.
Un “sí” simple.
Un “no” sin justificación épica.

Lo pequeño reduce el margen de fantasía porque no admite sustitutos: no se puede vivir un gesto encarnado “a crédito”.


Decidir desde el cuerpo: una tecnología anti-fantasía

Aquí aparece el corazón del encuentro: DECIDIR DESDE EL CUERPO.

No como ideal, sino como práctica.

Porque el cuerpo no se regula con promesas. Se regula con presencia.

La mente puede fabricar futuro para tranquilizarse.
El cuerpo necesita señales actuales: apertura o contracción, calma o prisa, claridad o ruido, contacto o desconexión.

Por eso decidir desde el cuerpo no es moralismo (“sé auténtico”). Es una forma de relación con la realidad: permitir que la Autoridad Interna —la que cada organismo trae— tenga la última palabra.

Y aquí la incomodidad es parte del camino: el cuerpo no ofrece resultados inmediatos del tipo “ahora ya lo entiendo todo”. A menudo ofrece algo más humilde: un paso verdadero.


Lo infinitesimal y lo exponencial

Lo infinitesimal es el gesto mínimo repetible: escuchar, esperar, responder sin fabricarse un relato.

Al principio parece poco.
Pero lo que se repite se acumula.

Eso es lo exponencial vivido desde dentro: durante mucho tiempo no “se ve” nada… hasta que el sistema cambia. No por magia, sino por interés compuesto existencial: cada microdecisión encarnada suma coherencia, y esa coherencia genera más coherencia.

La hipocresía que hipoteca lo común vive del atajo: promete salto sin pérdida, futuro sin duelo, mejora sin renuncia.
El cuerpo, en cambio, construye suelo: lento, verificable, acumulativo.


Un micro-experimento (sin creer nada)

Si algo de esto resuena, no hace falta adherirse a un marco. Basta con probar:

Durante 7 días, antes de una decisión relevante:

  1. Detente diez segundos.

  2. Siente el cuerpo por dentro (respiración, pecho, vientre, garganta).

  3. Pregunta: ¿hay apertura o contracción?

  4. Si no hay claridad, no fuerces: espera.

  5. Observa qué fabrica tu mente cuando no obtiene respuesta inmediata.

Eso es “mentira como regulación” vista en directo: el impulso a prometer, explicar o idealizar para no sentir incertidumbre.

Y también es el principio del suelo: cuando el organismo descubre que puede sostener el no-saber sin inventar salida.


¿?

pregunta no es qué meta perseguimos.

La pregunta es:

¿desde qué sistema estamos mirando, y a cuál seguimos sirviendo sin darnos cuenta?

Y, todavía más íntimo:

¿qué parte de nosotros prefiere vivir a crédito —emocional, simbólico, moral— antes que volver al cuerpo y pagar el precio del suelo?



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