Entre Kronos y Kairós
Tiempo impuesto y tiempo vivido
«Mi deseo de buscar los territorios más intactos no nace de la voluntad de hacer retroceder el reloj, sino de la esperanza de que algún día las dos facetas de la naturaleza humana —las mismas que nos han convertido en la fuerza más destructiva que jamás haya caminado sobre la Tierra y, al mismo tiempo, en la más amorosa y sensible— puedan reconciliarse, y que la humanidad pueda mirar hacia un futuro más cuerdo.»— Tim Macartney-Snape
El desajuste inadvertido
No se trata de volver atrás ni de desandar la historia, sino de preguntarnos desde qué relación con el tiempo se ha producido la escisión en la experiencia humana. Vivimos en una época en la que el tiempo avanza con una precisión implacable, ajena a los ritmos de la vida. Los días se suceden, los años comienzan y terminan puntualmente, pero algo esencial permanece sin renovarse en la experiencia viva.
En ese desfase silencioso —entre el tiempo que se cumple y la vida que no se transforma— se instala una forma de alienación difícil de detectar, porque no aparece como conflicto abierto, sino como adaptación progresiva. Todo funciona. Algo se pierde.
El cuerpo como órgano del tiempo
Antes de que el tiempo sea contado, hay un cuerpo que lo vive. El cuerpo no mide el tiempo: lo siente. Su lenguaje no es la fecha ni la hora, sino el pulso, la fatiga, el impulso, la necesidad de cierre o de espera. Cuando este campo rítmico está disponible, los ciclos se reconocen sin esfuerzo; se sabe cuándo algo comienza y cuándo ha llegado a su término.
La alienación comienza cuando esta referencia se desplaza. El cuerpo aprende a obedecer secuencias que no nacen de su propia organización, y el ritmo vivido es sustituido por una cadencia abstracta. El tiempo sigue avanzando, pero ya no atraviesa la experiencia: la administra. No hay ruptura visible, solo una domesticación progresiva que vuelve funcional lo que deja de estar vivo.
El tiempo abstracto y el calendario
El tiempo abstracto no nace de la vida, sino de la necesidad de coordinarla. Es eficaz, divisible, homogéneo. Permite organizar grandes colectivos humanos, pero lo hace separándose de la experiencia concreta. Cuando este tipo de tiempo se vuelve dominante, la vida se adapta a él. No al revés.
El calendario gregoriano es la expresión más refinada de esta lógica. No es erróneo ni arbitrario; cumple con exactitud la función para la que fue diseñado. El problema aparece cuando deja de ser un instrumento y se convierte en el marco incuestionado desde el cual se vive el tiempo. Divide el año en unidades iguales sin atender a los procesos vitales que atraviesan a quienes lo habitan. Todos los comienzos valen lo mismo; todos los cierres se producen a la misma hora. El tiempo se vuelve exterior, abstracto, ajeno.
Cuando la vida sirve al calendario
Este desplazamiento no es neutro. Al imponer una cadencia uniforme, el calendario erosiona la capacidad de sentir cuándo algo está realmente listo para comenzar o necesita concluir. El cuerpo aprende a obedecer fechas antes que impulsos, y la atención se entrena para cumplir secuencias en lugar de percibir transiciones. Hay movimiento sin transformación, cambio sin renovación.
Cuando el tiempo no emerge de la experiencia, se convierte en secuencia externa: ordena, exige, avanza, pero no transforma. Es el tiempo que mide y coordina, el tiempo necesario para organizar el mundo común, pero incapaz de escuchar los ritmos de la vida.
Cuando este tiempo —Kronos— se vuelve incuestionable, ocupa todo el espacio. No deja lugar para el otro: el tiempo que acontece, el que solo se manifiesta cuando algo está verdaderamente listo para comenzar o concluir.
El lugar donde el tiempo se vuelve real
En esos momentos no hay rebelión visible ni conflicto abierto. Lo que aparece es una forma silenciosa de oposición, profundamente humana: la negativa a entregar la experiencia viva a un tiempo que no puede ser encarnado.
El tiempo no ocurre primero en el calendario, sino en la experiencia. Un ciclo no comienza realmente cuando una fecha lo señala, sino cuando algo se reorganiza en el cuerpo, en la atención, en la forma de estar vivos. Si ese movimiento no ocurre, el tiempo pasa, pero no acontece.
Un año puede empezar sin que nada empiece dentro, y algo puede comenzar sin que ninguna fecha lo anuncie. Cuando el tiempo no logra atravesar la experiencia, se vuelve exigencia externa. Y cuando eso ocurre, el ser humano deja de ser lugar de nacimiento del tiempo para convertirse en soporte de una secuencia ajena: una cadencia que lo utiliza, que extrae su energía y su atención, sin reconocer su ritmo ni su necesidad de sentido.
Esta forma de esclavitud no se impone por la fuerza, sino por normalización: cuando el tiempo se vuelve incuestionable, la vida aprende a servirlo.
Esta oposición no es heroica ni ideológica. No consiste en abandonar el mundo ni en luchar contra sus estructuras, sino en retirarle autoridad interior a un tiempo que no puede ser vivido. En sostener la escucha allí donde se exige adaptación. En preservar la fidelidad al sentido aun cuando no encuentra validación externa.
Una reconciliación posible
No se trata de sustituir un calendario por otro ni de enfrentar sistemas de medición del tiempo. La reconciliación a la que apuntamos es más íntima y más exigente: recuperar la capacidad de sentir cuándo un ciclo comienza y cuándo ha llegado a su término, aun viviendo dentro de marcos temporales que no escuchan.
Quizá ahí comience un futuro más cuerdo: cuando el tiempo deja de ser una obligación y vuelve a ser acontecimiento vivido. Cuando la experiencia se alinea con un pulso más amplio y el vivir —aunque sea por un instante— vuelve a coincidir consigo mismo.
«En ese estado en que ya no se espera, o mejor aún, cuando se ha dejado de esperar, llega sin ser notado el instante en que se cumple el sincronizar de la vida con el ser…»— María Zambrano
Un calendario encarnado
Un calendario vivo no puede explicarse del todo. Solo puede reconocerse cuando aparece encarnado en un rostro, en una historia, en una vida concreta: cuando el tiempo deja de ser abstracción y se vuelve experiencia, presencia, pulso.
Hasta aquí puede llegar el pensamiento.
A partir de aquí, el calendario ya no se lee: se mira.
Comentarios
Publicar un comentario