Claridad en tiempos de crisis
“Hay que aprender a ver el hilo que conecta los acontecimientos, sueños y relaciones que han formado el tejido de nuestra existencia.”
“No creo en la política, más bien creo en la evolución del individuo, sólo en eso. Mientras más individuos evolucionen, tanta más paz habrá en el mundo.”
— Lola Hoffmann
Hay épocas o tránsitos evolutivos de larga duración donde la vida no nos permite responder con la fiabilidad con que solíamos hacerlo. Lo que antes bastaba, ahora se torna insuficiente. Las certezas se agrietan, el sentido se vuelve más difícil de sostener y la mente, desconcertada, tiende a buscar fuera lo que ha dejado de reconocer dentro.
Pero esa búsqueda externa no llega para alcanzar claridad. A veces distrae, o sólo multiplica el ruido. Por eso la enseñanza de Lola Hoffmann conserva hoy una fuerza poco común: invita a leer la vida desde el tejido que la compone, no desde hechos aislados. Aprender a ver “el hilo que conecta” es aprender a reconocer que la crisis no es un accidente sin significado, sino un campo donde algo más profundo está tratando de ordenarse.
La pregunta decisiva ya no es sólo qué ocurre, sino desde dónde lo estamos mirando. Cuando la percepción se fragmenta, todo parece amenaza o urgencia. Cuando se recupera la conexión con la experiencia interna, emerge otra clase de inteligencia: más lenta, más fina, menos reactiva. Es una forma de inteligencia que atraviesa la dificultad en lugar de negarse a verla.
En este sentido, la evolución del individuo a la que apunta Hoffmann no es una retirada del mundo, sino una forma más radical de participación en él. La paz no se construye únicamente en el plano de las estructuras externas, sino en la manera en que cada ser humano se relaciona con su propia experiencia interna.
En momentos de tensión colectiva, los distintos modos de respuesta se hacen especialmente visibles. En algunos casos, la orientación predominante se dirige hacia el exterior, activando mecanismos de defensa, confrontación o preparación para el conflicto. Esta respuesta puede adoptar la forma de una insumisión frente a fuerzas percibidas como externas, afirmando la necesidad de proteger un territorio, una identidad o una forma de vida.
La reciente declaración de Silvio Rodríguez, en la que expresa su disposición a tomar las armas ante una posible agresión, puede leerse en este contexto. Más allá de cualquier posicionamiento político, su afirmación refleja una forma humana de responder cuando la realidad se percibe como amenaza: la activación de la defensa y la afirmación de límites frente a lo que se siente impuesto desde fuera.
No podemos reducir esta posición a una reacción impulsiva. Contiene también una dimensión de dignidad, de resistencia y de afirmación de la propia soberanía. Forma parte del repertorio humano ante determinadas condiciones.
Sin embargo, incluso en estos escenarios, la cuestión de fondo permanece: ¿desde qué lugar interno se articula esa respuesta?
Porque junto a la orientación hacia el exterior, existe otra posibilidad menos visible pero igualmente real: la de volver al interior, sostener la experiencia sin precipitarla en acción inmediata y permitir que la claridad emerja desde una comprensión más profunda del proceso que se está atravesando.
No se trata de oponer ambas vías, sino de reconocer que operan en planos distintos. La acción externa puede ser necesaria en determinados contextos, pero la calidad de esa acción depende, en gran medida, del estado de conciencia desde el que se origina.
Aquí es donde la propuesta de Hoffmann adquiere todo su sentido: aprender a ver el hilo que conecta implica no quedar atrapado en la superficie de los acontecimientos, sino percibir el movimiento más amplio del que forman parte. Es en esa percepción donde la crisis comienza a esclarecerse.
Carl Gustav Jung advertía que no podemos vivir el atardecer de la vida con los mismos programas que la mañana. Tal vez este momento histórico nos sitúe precisamente en ese umbral: un punto en el que las respuestas habituales dejan de ser suficientes y se hace necesario desarrollar una forma de conciencia más acorde con la complejidad del tiempo que habitamos.
La conexión con el misterio a la que alude Hoffmann no remite a algo lejano o inaccesible, sino a esa dimensión de la experiencia que no puede ser completamente capturada por explicaciones inmediatas. Es un tipo de conocimiento que no se impone, sino que se revela cuando la atención se vuelve lo suficientemente estable como para sostener la incertidumbre sin huir de ella.
Así, en tiempos de crisis, la claridad no consiste en eliminar la tensión, sino en aprender a habitarla sin perder el contacto con uno mismo. En ese habitar, lo interno recupera su función de brújula: una referencia viva, no una inercia fija y predecible.
Tal vez, en última instancia, la verdadera insumisión no sea sólo frente a lo que viene de fuera, sino también frente a los automatismos internos que nos empujan a reaccionar sin comprender. Y tal vez la evolución del individuo a la que apuntaba Hoffmann comience precisamente ahí: en la capacidad de permanecer, de observar y de esclarecer en medio de la crisis.

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