Espiritualidad enraizada
(a un año del cierre de la *Puerta 61)
“Cuando la mente se desnuda de la presunción de saber quiénes somos,y cómo deberían ser las cosas,se coloca en una posición de apertura.”
Algo se viene gestando desde tiempo atrás, como esos procesos silenciosos que avanzan sin estridencias y que solo se vuelven perceptibles cuando la forma del paisaje ha sido alterada.
Una parte importante de mi vida ha estado encaminada —a veces con una intensidad desbordante— a desvelar el misterio. Comprender. Ir al meollo de la vida. Descubrir el punto concreto desde el cual todo encajaría. Los libros fueron durante años refugio y compañía; intentos más o menos afortunados de acercarme a una comprensión clara del núcleo de la existencia.
Hoy los miro desde otro lugar. Puedo reconocerlos como tanteos sinceros, propios de un tiempo en el que la mente ocupaba el centro de la orientación. Aproximaciones necesarias mientras la pregunta por la verdad me sometía a presión.
En el lenguaje del Diseño Humano, esa presión se asocia a la Puerta 61, la Verdad Interior: un impulso profundo a comprender, a revelar, a encontrar sentido último. Durante los últimos cuatro siglos, esta puerta ha sostenido gran parte del desarrollo humano —científico, filosófico y espiritual—, erigiéndose la consciencia mental como autoridad indiscutible.
A medida que este ciclo se aproxima a su cierre, algo empieza a ceder. El saber deja de ofrecer refugio como autoridad y la vida reclama una presencia más honesta. La pregunta permanece, aunque ya no organiza la experiencia. La comprensión racional comienza a ser insuficiente para poner rumbo a nuestra vida.
Ra Uru Hu señaló esta transición con la potencia de un shock. Habló del despertar como ruptura con la identificación mental y como recolocación del eje hacia la autoridad interna. La fuerza vital comienza a dirigir el movimiento del cuerpo. La vida se reorganiza desde la estrategia y la autoridad de la propia unicidad. En este sentido , él se definió como un mecánico que muestra cómo funciona la vida cuando respetamos su diseño.
La confianza creciente en sistemas de inteligencia artificial como fuentes de verdad vuelve visible esta transición por el lugar de autoridad que les estamos otorgando. Estos sistemas reproducen patrones dominantes a partir de lo ya existente. Cuando lo que más se repite adquiere estatuto de verdad, lo que se expande es un patrón. La repetición, desprovista de experiencia, ocupa progresivamente el lugar de lo verdadero y, al pasar inadvertida, la distorsión del error se normaliza y se establece.
Aquí se revela con claridad el cierre de la Puerta 61: la búsqueda de verdad desligada del cuerpo y de la responsabilidad de discernir. La mente colectiva hablándose a sí misma, con un contacto cada vez más tenue con la experiencia viva.
El legado de Jader Tolja adquiere en este punto un valor decisivo. Desde la Anatomía Experiencial y a través de libros como Pensar con el cuerpo y Ser cuerpo, muestra que la orientación requiere encarnación. El pensamiento emerge de la experiencia corporal. La conciencia no puede separarse de la bioforma que la sostiene.
“La anatomía experiencial me ha permitido sentir con claridad que la espiritualidad no emerge de un alejamiento del cuerpo, sino de una encarnación más profunda en él.”
Con esta afirmación Jader nombra con precisión lo que se abre tras el cierre de la Puerta 61: una espiritualidad enraizada. La verdad se contrasta en la experiencia directa. El cuerpo actúa como inteligencia viva. El sistema nervioso se reconoce como lugar de ajuste fino. La vida recupera su capacidad de orientar cuando la mente deja de presidir.
Ra y Jader convergen en este punto desde lenguajes distintos. Ambos señalan una misma reubicación: la orientación se asienta en la presencia, la sensibilidad y la responsabilidad enraizada.
Del encuentro entre ambas trayectorias nace este texto como testimonio de un cambio de eje ya en curso.
*Lo que aquí se quiere compartir se asienta en mi experiencia personal con la presión de la Puerta 61, leído hoy a la luz de un cierre y un proceso que Ra señaló y encarnó a lo largo de su vida.

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