El tamaño del mundo
Hay momentos en que la vida eleva su intensidad.
Las diferencias se vuelven más visibles.
El cuerpo reacciona antes que la mente.
Se acelera la sangre.
La respuesta quiere salir de inmediato.
En ese instante aparentemente insignificante se decide más de lo que imaginas.
La intensidad no es el problema.
El dilema aparece con la contracción en el cuerpo.
Cuando no sabemos sostener lo que sentimos, reducimos el mundo.
Simplificamos.
Dividimos.
En el pico de la emoción todo parece urgente.
En el punto bajo del valle todo parece definitivo.
En ambos casos la percepción se estrecha.
Sin embargo, entre lo que sentimos y lo que hacemos existe un intervalo.
Cuando reconocemos este espacio la experiencia puede ensancharse.
Si aprendemos a atravesar la emoción sin actuar desde la contracción, la respuesta cambia.
Y cuando la respuesta cambia, cambian las relaciones y la forma de los vínculos.
La historia es mucho más que una sucesión de acontecimientos.
Es la forma en que una sociedad aprende a sostener lo que la desborda.
Vivimos en una cultura que premia la rapidez: medir, optimizar, resolver.
Pero lo nuevo necesita tiempo.
Lo diverso necesita espacio.
La complejidad necesita amplitud para no convertirse en amenaza.
La estructura es necesaria.
Organiza.
Da forma.
Pero cuando la estructura sustituye al proceso, la vida se comprime.
En la infancia se aprende el tamaño del mundo que podemos habitar.
Si un niño crece sintiendo que su intensidad es peligrosa, aprenderá a cerrarse o a atacar.
Si descubre que puede sentir profundamente sin perder amplitud, podrá encontrarse con lo diferente sin convertirlo en guerra.
Es aquí dónde comienza el desplazamiento y el despliegue del verdadero potencial humano.
Una escuela cambia la historia cuando sostiene la intensidad sin reducirla.
Cuando la diferencia no es corregida y espera a ser comprendida.
Cuando el proceso no es aplastado por la urgencia.
La salud y la sostenibilidad de una cultura dependen de su capacidad para sostener más complejidad sin romperse.
Esa capacidad se aprende temprano.
La historia no se decide afuera.
Se decide en la forma en que aprendemos a sentir.
Y eso comienza en la infancia.
¿Cuánta complejidad puedes sostener antes de cerrarte?

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