El tamaño del mundo

“La historia puede cambiarse y modificarse apropiándose de ella, comenzando con el destino de los niños.”
— Loris Malaguzzi

Hay momentos en que la vida eleva su intensidad.
Las diferencias se vuelven más visibles.
El cuerpo reacciona antes que la mente.

Se acelera la sangre.
La respuesta quiere salir de inmediato.

En ese instante aparentemente insignificante se decide más de lo que imaginas.

La intensidad no es el problema.
Pero la contracción en el cuerpo sí.

Cuando no sabemos sostener lo que sentimos, reducimos el mundo.
Simplificamos.
Dividimos.

En el punto alto todo parece urgente.
En el punto bajo todo parece definitivo.
En ambos casos la percepción se estrecha.

Sin embargo, entre lo que sentimos y lo que hacemos existe un intervalo.
Ese intervalo puede ensanchar la experiencia.

Si aprendemos a atravesar la emoción sin actuar desde la contracción, la respuesta cambia.
Y cuando la respuesta cambia, cambian las relaciones y la forma de los vínculos.

La historia no es solo una sucesión de acontecimientos.
Es la forma en que nuestros organismos dialogan con la intensidad.

Vivimos en una cultura que premia la rapidez: medir, decidir, optimizar.
Pero lo nuevo necesita tiempo.
Lo diverso necesita espacio.
La complejidad necesita un campo amplio para no convertirse en amenaza.

La estructura es necesaria.
Organiza.
Da forma.

Pero cuando la estructura sustituye al proceso, la vida se estrecha.

En la infancia se aprende el tamaño del mundo que podemos habitar.

Si un niño crece sintiendo que su intensidad es peligrosa, aprenderá a cerrarse o a atacar.
Si descubre que puede sentir profundamente sin perder amplitud, podrá encontrarse con lo diferente sin convertirlo en guerra.

Es aquí dónde comienza el desplazamiento y el despliegue del verdadero potencial humano.

Una escuela cambia la historia cuando sostiene la intensidad sin reducirla.
Cuando la diferencia no es corregida antes de ser comprendida.
Cuando el proceso no es aplastado por la urgencia.

La longevidad de una cultura depende de su capacidad para sostener más complejidad sin romperse.
Esa capacidad se aprende temprano.

La historia no cambia primero en las leyes.
Cambia en la manera en que un organismo aprende a atravesar lo que siente.

Y cuando aprendemos, desde niños, a sentir sin cerrarnos, cambia la forma en que viviremos juntos.

¿Cuánta complejidad puedes sostener antes de cerrarte?

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