Las formas visibles de un tejido vivo
De la personalidad a la esencia
«A todo esfuerzo lo cubre algún tipo de defecto, tal como al fuego lo cubre el humo. Por consiguiente, uno no debe abandonar el trabajo que nace de su naturaleza, ¡oh, hijo de Kuntī!, ni siquiera si el mismo está plagado de defectos.»
— Bhagavad Gītā
Quizá el viaje de la personalidad a la esencia no consista en convertirnos en alguien diferente.
Quizá consista, sencillamente, en aprender a mirar de otra manera.
La personalidad necesita un mundo hecho de objetos. Nombra, clasifica, compara y fija. Dice: "yo", "tú", "esto", "aquello". Necesita reconocer formas estables para poder orientarse en la complejidad de la experiencia.
La esencia, en cambio, comienza a descubrir que toda forma participa de algo mucho más amplio que ella misma.
Asume las formas y las contempla como expresiones transitorias de un tejido vivo.
Vivimos rodeados de objetos.
Nombramos árboles, personas, montañas, ríos, ideas, emociones e incluso a nosotros mismos como si cada una de esas palabras designara una realidad estable, delimitada y autosuficiente. Nuestra manera de hablar parece confirmar continuamente esa intuición: primero existen las cosas; después, algunas de ellas se relacionan.
¿Y si ocurriera justamente al revés?
¿Y si el tejido de la realidad no estuviera hecho de objetos, sino de relaciones que, por un instante, toman la forma de seres?
Más allá de una novedosa teoría, lo que estoy proponiendo es un desplazamiento de la mirada.
Basta con detenernos unos instantes para descubrir que un árbol no es solamente un árbol. Es tierra, lluvia, luz, estaciones, gravedad, tiempo, hongos, insectos, semillas, viento… Todo aquello que llamamos "árbol" constituye una forma transitoria de una inmensa red de relaciones que, por un momento, ha encontrado esa manera singular de hacerse visible.
Quizá nosotros tampoco seamos una excepción.
Fritz Perls afirmó:
«Las cosas no existen; cada acontecimiento es un proceso; la cosa es meramente una forma transitoria de un proceso eterno. Todo fluye constantemente. Nunca nos bañamos dos veces en el mismo río.»
Perls desplaza nuestra atención del sustantivo al verbo. Allí donde creemos encontrar entidades permanentes, él descubre acontecimientos. Allí donde vemos objetos, percibe procesos. De ninguna manera niega la forma; la comprende como una expresión momentánea del fluir.
Y quizá esa pequeña diferencia transforme profundamente nuestra manera de vivir.
Porque si somos procesos antes que objetos, dejamos de preguntarnos obsesivamente qué somos para comenzar a descubrir cómo estamos siendo.
El I Ching representa esta intuición mediante una imagen de extraordinaria sencillez. El Hexagrama 53, El Desarrollo, muestra un árbol que crece lentamente sobre una montaña. Nada en ese crecimiento puede acelerarse. Cada etapa contiene silenciosamente la siguiente. El árbol no lucha por convertirse en árbol. Tampoco permanece inmóvil. Participa de una inteligencia que lo precede y, al mismo tiempo, se expresa a través de él.
La madurez deja entonces de parecerse a una conquista.
Empieza a parecerse a una colaboración.
Quizá por eso estas palabras de Sri Anirvan adquieren aquí una resonancia inesperada:
«Si tienes el coraje suficiente para vivir de acuerdo con tu vida interior y, al mismo tiempo, dejarte llevar por la corriente de la vida sin ninguna acción voluntaria y personal, felicítate. ¡El universo es tuyo!»
Leídas aisladamente, podrían entenderse como una propuesta espiritual.
Pero, al conjugarlas con el árbol del Hexagrama 53 y con la comprensión de Perls, comienzan a decir algo todavía más sencillo y, quizá, más profundo.
No se trata de dominar la corriente.
Ni de abandonarse a ella.
Se trata de descubrir que la vida interior y la corriente de la vida nunca estuvieron separadas.
El árbol no elige entre ser fiel a su semilla o dejarse atravesar por las estaciones.
Es ambas cosas simultáneamente.
Y quizá nosotros también.
Entonces emerge la siguiente comprensión:
Al dejar de oponerte al modo en que la vida madura, descubres que nunca estuviste separado de ella.
No se trata aquí de resignación.
Hablamos de afinación y alineamiento.
Quizá por eso el Bhagavad Gītā nos invita a no abandonar la acción que nace de nuestra naturaleza, aunque esté cubierta de humo.
Porque el humo no es un error del fuego.
Forma parte de su manifestación.
Del mismo modo, nuestras dudas, nuestros límites, nuestras imperfecciones o nuestras vacilaciones no parece que sean accidentes que debamos eliminar o corregir antes de comenzar a vivir. Tal vez constituyan la manera concreta en que la vida se abre camino a través de nosotros.
Encarnar la esencia no consiste en alcanzar una versión idealizada de nosotros mismos.
Consiste en reconocer la inteligencia que ya está operando en nuestra naturaleza y aprender a colaborar con ella.
Si la realidad estuviera hecha de relaciones antes que de objetos, entonces también nosotros dejaríamos de ser identidades encerradas en sí mismas.
Seríamos acontecimientos.
Formas transitorias de un tejido infinitamente más amplio que nos sostiene y nos atraviesa.
Gracias a la forma el proceso se muestra a nuestros sentidos y percepciones.
Y quizá lo que llamamos realidad no esté hecha de seres que se relacionan, sino de relaciones que, por un instante, toman la forma de seres.
Entonces la pregunta más relevante deja de ser:
¿Quién soy?
Y comienza, lentamente, a transformarse en otra mucho más fértil y, quizá, más humilde:
¿De qué relaciones está emergiendo, aquí y ahora, esta forma a la que llamo yo?
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