El pasajero de lo pasajero

De la tiranía del mapa a la libertad del camino

«La mente solo gobierna tu vida porque tienes miedo de no confiar en nada. No confías en ti, no te amas a ti mismo. Esta es la enfermedad de la homogeneización. Es toda esta penetrante y abominable fealdad. Solo puedes liberarte del miedo cuando confías en tu propia autoridad. Y solo puedes confiar en tu propia autoridad cuando has experimentado por ti mismo.»

— Ra Uru Hu

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Hay versos que permanecen en silencio durante años, esperando el instante preciso en que la experiencia los vuelva transparentes.

Vivimos atrapados en una fealdad sutil pero omnipresente: la enfermedad de la homogeneización. Es el cansancio sordo de una mente que intenta dirigir la vida mediante conceptos, juicios y creencias de segunda mano, impulsada por el miedo a no poder confiar en sí misma.

Durante mucho tiempo creí que los grandes mapas de autoconocimiento servían para responder preguntas trascendentales. Buscaba una cartografía sagrada que me sacara de la duda y la confusión mental.

En 2011, tras solicitar una lectura profesional de Diseño Humano, me sumergí en mi propio experimento. Descubrí lo que significaba encarnar un Generador Manifestante con Autoridad Interna Emocional. Comprendí que, para mí, la verdad no era un pensamiento brillante ni una decisión apresurada de la mente, sino una claridad lenta que emerge a través del tiempo, mecida por la cadencia bioquímica del Plexo Solar.

Cuando ignoraba la espera, cuando no escuchaba la respuesta de mi cuerpo, la frustración campaba a sus anchas. Me empujaba, una y otra vez, hacia la huida o hacia el desplome.

Sin buscar nada, cuatro años más tarde, en 2015, me topé de forma irrevocable con el Eneagrama. Durante el curso introductorio a la Psicología de los Eneatipos con comunidades educativas, de la FCN, vi con una nitidez que todavía me estremece, la estructura de mi propio «falso yo»: ese personaje rígido y dictatorial que se había instalado a gobernar en el único centro de consciencia que traía sin definir en el cuerpo gráfico de mi diseño: el Ajna (Consciencia Mental)

Ahí estaba la trampa.

Había vivido identificado con una mente que se había vuelto adicta a compensar aquello que imaginaba que le faltaba.

Con el tiempo comprendí que el problema nunca había sido la mente.

El problema aparecía cada vez que olvidaba cuál era su lugar.



Habitar

Durante más de una década, el contraste entre ambos lenguajes se convirtió en mi campo de investigación y de vida.

El Eneagrama le ponía nombre a la astucia de la personalidad; el Diseño Humano reconocía una biomecánica precisa en la fuerza vital innata.

El No-ser y el Ser.

El mapa funcionaba.

Me orientaba.

Con una eficacia sorprendente me ofrecía mis claves de navegación, además de una exactitud extraordinaria para desenmascarar el engaño mental y devolverme, una y otra vez, a la autoridad del cuerpo.

Sin embargo, con el paso de los años comenzó a emerger una sospecha inesperada.

Los grandes mapas de la experiencia humana —el Eneagrama, el I Ching, el Diseño Humano, las Claves Genéticas— nunca nacieron para que creyéramos en ellos.

Tampoco para que nos instaláramos en sus categorías.

Están aquí para enseñarnos distintas maneras de mirar.

Y esa diferencia lo cambia todo.

El Hexagrama 56 del I Ching presenta la figura del viajero e invita a habitar cada lugar con la ligereza de quien sabe que está de paso.

Ninguna posada está llamada a convertirse en un hogar definitivo.

Para Gurdjieff, el Eneagrama era un símbolo del movimiento universal que subyace a toda experiencia.

Para Ichazo, una estructura capaz de revelar la arquitectura del ego y abrir la posibilidad de recordar nuestra naturaleza esencial.

Dos preguntas distintas.

Un mismo símbolo.

Dos maneras de escuchar.

Y entonces comprendí algo mucho más sencillo.

Toda forma recuerda un movimiento.

Las identidades, los eneatipos y las definiciones mecánicas no son entidades inmóviles.

Son la huella visible de relaciones en tránsito.

Toda forma es un verbo que, por un instante, parece un sustantivo.

Fue entonces cuando pude darme cuenta con claridad que la existencia de los mapas nunca fue lo problemático.

El olvido comienza cuando confundimos la posada con el destino.

Cuando la descripción de nuestro diseño o de nuestro carácter deja de transparentar el misterio para convertirse en un nuevo lugar donde instalarnos.



Transparentar

De la integración de este recorrido no nace un nuevo sistema.

Nace una disposición.

Una forma de relacionarme con las formas.

daoforma es mi manera de nombrarlo.

No es otro mapa más, sino una práctica de hospitalidad hacia todo aquello que orienta mientras permanece transparente a la Vida que lo sostiene.

Porque toda forma puede potenciar nuestro despertar.

Pero también puede convertirse en el lugar exacto donde el despertar se detiene.

La diferencia nunca está en la forma.

Está en la relación que establecemos con ella.

Quizá por eso vuelven una y otra vez las palabras de Machado.

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino
sino estelas en la mar.

Estos versos nunca me han parecido una simple metáfora.

Con el tiempo he comenzado a leerlos como una descripción extraordinariamente precisa de lo que sucede cuando la conciencia deja de buscar un camino prefabricado y comienza, sencillamente, a caminar.

El camino no está contenido en ningún gráfico.

Ni en ningún símbolo.

Ni en ninguna enseñanza.

Acontece con cada respuesta o movimiento nacido de la propia autoridad.

Con cada espera respetada.

Con cada ola emocional atravesada sin precipitar una conclusión.

Y cada paso no sólo transforma el paisaje.

También transforma silenciosamente a quien creía recorrerlo.



Caminar

Al principio del viaje me creía un «yo» relativamente estable atravesando acontecimientos y mapas.

Me proyectaba como un individuo intentando disolver sus condicionamientos.

Pero, si el viaje continúa, llega un momento en que ese «propio yo» empieza a mostrarse como parte del paisaje.

Cambia la historia.

Cambia la personalidad.

Cambia el cuerpo.

Cambian incluso las cartografías con las que intentábamos comprendernos.

Entonces aparece algo que apenas admite palabras.

Comprendí que yo también soy una de esas formas pasajeras mediante las que la Vida continúa su viaje.

La Vida no viaja a pesar de las formas.

Viaja haciéndose forma.

Como una ola que, durante un instante, cree transportar al océano, hasta descubrir que siempre fue el océano quien viajaba con forma de ola.

Despertar no consiste en encontrar el mapa perfecto ni en alcanzar la síntesis definitiva.

Creo que tiene que ver, ante todo, con habitar todos los mapas y todas las formas como quien descansa en una posada: con respeto, con cuidado y con la ligereza suficiente para ponerse de nuevo en marcha.

Comprendí, finalmente, que nunca había pertenecido a las cartografías.

Siempre había pertenecido al camino.

Y sin duda, esta comprensión no es únicamente mía.

Ninguno de nosotros es el viajero definitivo.

Quizá seamos, durante un instante irrepetible, la propia Vida aprendiendo a caminar consigo misma.

Y nosotros, simplemente,

el pasajero de lo pasajero.





















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