El pasajero de lo pasajero

Cuando los mapas revelan el arte de mirar

Caminante, son tus huellas

el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

Antonio Machado - Proverbios y cantares (XXIX)



Algunos versos permanecen en silencio durante años, esperando el instante en que la experiencia los vuelva transparentes. Quizá por eso Cantares, de Antonio Machado, no ha dejado ni dejará de acompañarnos.

El caminante y el camino se entrelazan hasta revelarnos que el camino nunca fue algo "ahí fuera" esperando ser encontrado. Siempre fue una relación viva entre el caminar y quien, creyendo recorrer el camino, termina descubriendo que también el camino lo está recorriendo a él.

Durante algún tiempo pensé que los grandes mapas del conocimiento servían para responder preguntas trascendentales. El Eneagrama, el I Ching, las Claves Genéticas, el Diseño Humano… Cada uno parecía ofrecer una representación distinta de la realidad. Sin embargo, con el paso de los años comenzó a emerger una sospecha inesperada.

Los grandes mapas de la experiencia humana nunca nacieron para que se creyera en ellos.

Quizá nacieron para revelar diferentes maneras de mirar.

Y esa diferencia lo cambia todo.


Toda forma recuerda un movimiento

Existe una intuición que atraviesa tradiciones muy alejadas entre sí.

Gurdjieff contempla el Eneagrama como un mapa de los procesos mediante los que la realidad crea, transforma y completa sus movimientos.

Óscar Ichazo descubre en ese mismo símbolo la arquitectura del ego y el camino de regreso a la esencia.

El Hexagrama 56 del I Ching nos presenta al viajero, recordándonos que ninguna posada llega para convertirse en un hogar definitivo.

Incluso la sugerente propuesta de la Matemática Basada en Vórtices de Marko Rodin —más allá de su falta de aceptación en la matemática académica— parece compartir una misma fascinación: la existencia de patrones dinámicos que persisten cuando el movimiento se contempla como una totalidad.

Percibo que todos estos campos de indagación afinan la mirada hacia un mismo misterio.

La realidad está hecha de relaciones, de entrelazamientos, y no de objetos aislados como, a primera vista, se nos presenta.

Y las formas son la estela visible que dejan las relaciones mientras están ocurriendo.

Toda forma es un verbo que, por un instante, parece un sustantivo.


El viajero

El Hexagrama 56 suele interpretarse como el arquetipo del viajero.

Pero el viajero no es únicamente quien cambia de lugar.

Es quien ha dejado de confundir la posada con su hogar.

Sin duda, cada etapa ofrece cobijo, pero ninguna está destinada a convertirse en identidad.

Entonces comprendemos que esta enseñanza no habla únicamente de lugares.

Habla también de nuestras ideas.

De nuestras creencias.

De nuestros logros.

Incluso de nuestras realizaciones espirituales.

Todo aquello que alguna vez nos ayudó puede convertirse, si nos aferramos a ello, en el lugar donde el viaje se detiene.

Entonces el propio viaje va dejando atrás aquello que ya no puede acompañarnos.


El Eneagrama también viaja

El mayor regalo de Gurdjieff e Ichazo no es que nos acercaran el símbolo del Eneagrama.

Desde mi punto de vista, es su manera de acceder a él y permitir que revele algo propio de sí mismo.

Gurdjieff parecía preguntarle:

¿Cómo trabaja la realidad?

Ichazo parecía preguntarle:

¿Cómo olvida el ser humano su naturaleza esencial?

Dos preguntas distintas.

Un mismo símbolo.

Y quizá una misma invitación.

Nunca utilizar el mapa para definirnos.

Sino para despertar una mirada que pueda reconocer el movimiento en toda forma y su expresión.

Porque el Eneagrama deja de ser un diagrama cuando comenzamos a habitarlo.


Una huella recobrada

Hace más de una década escribí una breve entrada en un pequeño blog. La titulé, curiosamente, Passenger.

Entonces escribí:

"La conciencia se experimenta en mí como un juego de relaciones."

Aún desconocía hacia dónde me llevaría aquella revelación.

Tampoco me había sumergido en la profundidad del Hexagrama 56.

Y apenas había descubierto a Gurdjieff, a Ichazo y a Claudio Naranjo.

Mucho menos imaginaba que un día encontraría resonancias inesperadas con otros lenguajes simbólicos.

Hoy, al volver a leer aquellas líneas, no siento que estuviera adelantándome a ninguna conclusión.

Siento algo mucho más sencillo.

La pregunta ya estaba allí.

Todavía no había encontrado las palabras.

Quizá toda investigación auténtica consista precisamente en acompañar durante años a una pregunta hasta que ella misma encuentra el lenguaje con el que tomar forma.


daoforma

Con el tiempo comprendí que aquello que buscaba no era construir otro sistema.

Los sistemas son necesarios.

Nos orientan.

Nos ofrecen un lenguaje.

Pero ninguno puede sustituir aquello que intenta señalar.

De ahí nace, conmigo, daoforma.

No es un nuevo mapa.

Más bien se trata de una práctica de hospitalidad hacia las formas.

Porque toda forma, mientras permanece transparente y disponible, sirve a la Vida que la hace posible.

Cuando deja de servir a la Vida para empezar a servirse de sí misma, comienza el olvido.


El pasajero de lo pasajero

Al principio creemos que somos pasajeros de un mundo pasajero.

Pensamos que existe un "yo" relativamente estable que atraviesa, o se deja atravesar por, acontecimientos cambiantes.

Pero el viaje no cesa ni un solo instante.

Y un día descubrimos que también ese "yo" cambia.

Nuestra historia cambia.

Nuestra personalidad cambia.

Nuestro cuerpo cambia.

Nuestros mapas cambian.

Entonces aparece algo que no resulta fácil expresar.

Quizá nosotros también seamos una de esas formas pasajeras mediante las que la Vida continúa su viaje.

La Vida no viaja a pesar de las formas.

Viaja haciéndose forma.

Como una ola que durante un instante cree transportar al océano, hasta descubrir que siempre fue el océano quien viajaba con forma de ola.

El viajero sigue caminando, y lo que desaparece es la separación entre el caminante y el camino.


Cantares

Por eso vuelve la resonancia con Machado.

Además de una preciosa metáfora, sus versos nos traen una descripción precisa de la experiencia del viajero que somos cada uno de nosotros.

El camino no está delante.

El camino acontece con cada paso.

Y cada paso no sólo modifica el paisaje.

También transforma a quien creía recorrerlo.

Quizá ése sea el secreto que comparten, cada uno con su propio lenguaje, el Eneagrama, el Hexagrama 56, las intuiciones geométricas sobre el movimiento y todos los grandes mapas nacidos del asombro.

No vienen a contarnos cómo es el mundo.

Están aquí para enseñarnos a mirar de tal manera que el mundo pueda seguir revelándose.

Porque el camino nunca nos perteneció.

Siempre fuimos nosotros quienes pertenecimos al camino.

Ni siquiera somos únicamente sus viajeros.

Somos, durante un instante irrepetible, una de las innumerables formas mediante las que la Vida aprende a caminar consigo misma.

Aparecerán nuevos mapas.

Nuevos lenguajes.

Nuevas geometrías capaces de revelar aspectos de la Vida que hoy todavía ignoramos.

Esto no es cuestionable.

Porque el problema nunca fue un exceso de mapas.

El problema aparece cada vez que olvidamos que todos ellos fueron, desde el principio, posadas para el viajero y nunca el destino del viaje.

Quizá despertar consista simplemente en reconocer, por un instante, que siempre fuimos el pasajero de lo pasajero.

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