El fin del mundo común

 «en los Documentos del Pentágono nos encontramos con hombres que hicieron todo lo posible para conquistar la mente de las personas, esto es, para manipularlas»

Hannah Arendt, La mentira en política

cartagenapiensa - presentación del libro 

El pasado martes asistí a la presentación del libro El fin del mundo común, de Mariam Martínez-Bascuñán, con mis alumnos de movilidad segura y sostenible. Lo planteé como una clase más: dentro del ciclo y del temario, pero fuera del aula. Siempre me interesó observar qué ocurre cuando el pensamiento sale de su marco habitual y se expone —con cuerpos y miradas jóvenes— a un territorio más incierto: el de lo común, cuando lo común ya no ofrece garantías.

Al día siguiente, ya en el centro, hicimos una puesta en común. Pedí palabras concretas, impresiones del entorno humano,... qué les había quedado resonando y qué les provocó chirridos. Qué les había irritado. Qué preguntas se les habían quedado abiertas. Y, sin ponerse de acuerdo, varios repitieron una misma expresión con una mezcla de atracción y confianza: emancipación mental.

La dijeron como quien encuentra una llave.

Yo, en cambio, sentí el mecanismo de una trampa.


La trampa amable de la “emancipación mental”

La frase seduce porque parece limpia: ¿quién estaría en contra de emanciparse? Sin embargo, cuanto más la miras, más se vuelve resbaladiza.

—¿Emanciparse de qué? —preguntó uno.

La clase se quedó en silencio el tiempo suficiente como para que la pregunta no fuera retórica. Ese silencio fue más valioso que cualquier respuesta. Porque la trampa está ahí: si no se nombra el sistema del que se pretende emancipar la mente, la emancipación se convierte en un nuevo ideal abstracto —otro eslogan brillante— que puede operar exactamente dentro del mismo sistema que dice querer superar.

Tal vez por eso la expresión resultó tan seductora. Porque sugiere que basta con pensar distinto. Pero el humano no es una mente autónoma: es un ambientorganismo. Y cuando la mente se separa del cuerpo y del entorno que la sostienen, la llamada emancipación se parece más a una celda confortable que a una salida encarnada.

La mente, por sí sola, no puede salir de la mente. Puede sofisticarse. Puede incluso construir una nueva identidad de “liberado”. Puede cambiar de amo. Pero si no hay reconocimiento de límites, si no hay cuerpo, emoción, relación e historia, la emancipación mental corre el riesgo de convertirse en patriarcado refinado: una forma de control más elegante, más moral, menos visible.

En ese punto, lo que se desmorona no es solo una idea: se revela una característica del tiempo que vivimos. El fin del mundo común también es el fin de ciertas palabras grandes como suelo compartido. Siguen circulando, pero ya no sabemos si nombran una experiencia o si funcionan como insignia.

Lo inquietante es que este mecanismo no se limita a la esfera íntima del pensar. Funciona igual cuando pasamos de la individualidad a la colectividad.


Del individuo al campo colectivo

James Clear escribió:

«No subes al nivel de tus metas. Caes al nivel de tus sistemas.»

En el plano individual la frase es práctica. En el plano colectivo se vuelve una radiografía.

Podemos planificar objetivos impecables —los ODS son un ejemplo claro: un horizonte moralmente inatacable— y, sin embargo, caer una y otra vez al nivel del sistema real que organiza nuestras decisiones: jerarquías, extracción, dominación, productividad, control, y —en su raíz cultural— estructuras patriarcales que siguen operando aunque se maquillen con lenguaje renovado y chic.

Ahí aparece el autoengaño colectivo: la esperanza de que elevar las metas bastará para transformar el sistema.

Pero no subimos.

Caemos.


La Puerta 41: el codón iniciador y el impulso a fantasear

Como marco simbólico, Diseño Humano aporta aquí una lente que el modelo cultural dominante apenas puede ofrecer: una lectura del inicio como problema.

La Puerta 41 es el codón iniciador. No “trae” el futuro: pone en marcha el ciclo de experiencia. Presiona hacia el comienzo.

Y precisamente por eso es vulnerable a su sombra: la fantasía.

En su dimensión colectiva, la 41 describe un patrón reconocible: cuando la realidad se vuelve demasiado compleja, demasiado incierta o demasiado dolorosa, el colectivo responde con imágenes de futuro —metas, planes, agendas, declaraciones— que sirven para calmar la ansiedad del presente.

Los ODS funcionan así: como un gran relato de dirección compartida. Pero una meta declarada no es un sistema operativo. Es una promesa. Y cuando esa promesa se instala como sustituto de transformación real, la 41 deja de ser inicio encarnado y se vuelve inicio imaginario.

El resultado es conocido: ciclos que arrancan en el lenguaje y mueren antes de tocar el cuerpo.


Davos y la disonancia del “espíritu de diálogo”

Hoy en Davos
Mientras escribo esto, la reunión anual en Davos vuelve a concentrar debates sobre el futuro: cooperación global, inteligencia artificial, clima, seguridad, desigualdad. Se habla de diálogo, de responsabilidad, de transición. Pero más que los temas, lo que se repite es el dispositivo: lo que llama la atención es la disonancia.

La disparidad entre los diagnósticos y las estructuras que siguen sosteniendo la realidad cotidiana.

La incoherencia entre el tono moral de los objetivos y la continuidad de las lógicas patriarcales: verticalidad, competencia sin árbitros, gestión del mundo como tablero, promesas de cuidado administradas desde modelos de poder que no saben —ni pueden— cuidar.

Aquí la frase de Clear llevada al colectivo humano vuelve a caer como una piedra:

No subimos al nivel de nuestros objetivos. 

Caemos al nivel de nuestros sistemas.

Davos puede hablar de futuro en plural, pero el sistema que organiza el presente sigue siendo el de siempre, con un barniz más sofisticado. La fantasía colectiva se presenta como responsabilidad global. Y esa es su forma más peligrosa: cuando la fantasía se vuelve protocolo.


¿Es factible un inicio real?

Si la Puerta 41 es inicio, parece que el inicio real no consistiría en declarar metas más altas. Tal vez tuviera que ver con aceptar la disminución: renunciar a lo que ya no puede sostenerse.

Quizá por eso la expresión “emancipación mental” resultó tan tramposa en clase: porque suena a un salto por encima del duelo. A una liberación sin pérdida. A una salida sin renuncia.

Pero lo que está en juego —si de verdad estamos al final del mundo común— no es emanciparnos “mentalmente” hacia un cielo abstracto. Es algo más humilde y más difícil:

  • reconocer qué sistemas seguimos obedeciendo aunque ya no creamos en ellos,

  • admitir que lo común no se decreta cuando falta el suelo,

  • aprender a sostener la incertidumbre sin fabricar relatos tranquilizadores.

El fin del mundo común no se resuelve con una nueva agenda.

Tal vez se atraviese con algo más pequeño: conversaciones que no necesitan ganar, decisiones que no necesitan justificarse, y una atención que se niega a sustituir experiencia por promesa.

Y si algo nuevo va a nacer, probablemente no llegará como un objetivo compartido.
Llegará como un cambio de sistema: menos épico, más encarnado.

en 1615 entramos en la era de la Planificación: el canal de comunidad


La pregunta para nosotros —y para mis alumnos, de vuelta al aula— no es qué meta perseguimos.

Es: ¿desde qué sistema estamos mirando, y a cuál seguimos sirviendo sin darnos cuenta?

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