Construir desde el suelo vivo

A favor de una utopía de largo alcance 

 “Todo pensar que trasciende el momento dado tan solo hiere el corazón.”

— Goethe

 

Hace dos meses, en un texto titulado El fin del mundo común, ya se apuntaban algunas de las tensiones que aquí se abordan desde otro ángulo.


El silencio como umbral

El viernes pasado, en uno de los concurridos Cafés Filosóficos organizados por Cartagena Piensa en el Soldadito de Plomo, dedicado a la pregunta por las utopías, compartí una intervención en la que defendía una forma de utopía basada en la premisa de una individualidad orgánica, enraizada en el autoconocimiento.

Al final del encuentro, pregunté si alguien había escuchado hablar de inteligencia vincular, inteligencia planetaria o inteligencia mineral.

Nadie respondió afirmativamente.

Ese silencio no fue anecdótico. Abrió una fisura.

¿Desde dónde se está pensando lo real?
¿Y qué permanece fuera de campo cuando algo no puede siquiera ser nombrado?

El silencio no señala ausencia de interés. Señala un límite en la configuración desde la que se percibe.


El suelo invisible de lo pensable

No toda conversación ocurre en el mismo nivel.

Antes de las ideas, hay condiciones que las hacen posibles.
Antes de las preguntas, hay marcos que delimitan lo preguntable.

Ese suelo no suele percibirse.
Pero organiza silenciosamente lo que puede aparecer.

No se trata solo de contexto.
Se trata de aquello que permite que ciertas nociones emerjan mientras otras quedan fuera de acceso.


Cuando una frase abre más de lo que dice

En ese punto, una indicación aparentemente simple adquiere otra densidad:

«Construye la arquitectura a partir de lo que está debajo de tus pies» — Hassan Fathy

Leída en profundidad, no remite únicamente a una práctica técnica, sino a una orientación: partir de lo que sostiene, en lugar de imponer formas desconectadas de ello.

En lugar de comenzar desde la abstracción.
Comenzar desde la relación con aquello que ya está presente.


El desplazamiento de la pregunta por la utopía

En tiempos donde abundan los discursos sobre el futuro, la cuestión no es solo qué imaginamos, sino desde dónde lo imaginamos.

Porque una utopía pensada desde la separación tiende a reproducir separación.
Una utopía pensada desde la abstracción devuelve abstracción.

El problema no está únicamente en la imagen del futuro, sino en la base desde la que esa imagen se genera.

Cuando el suelo se reconoce, la utopía cambia de naturaleza.
Deja de funcionar como proyección y empieza a operar como posibilidad encarnada.


La inteligencia del lugar

En el ámbito arquitectónico, Fathy no entendía el entorno como un fondo pasivo.

Clima, materiales, técnicas, costumbres: todo participa activamente en la forma.

Construir, desde esta perspectiva, no es imponer una voluntad, sino entrar en relación con una inteligencia ya inscrita en el lugar.

No una inteligencia que se diseña.
Sino una inteligencia que se reconoce.

Antes de proyectar, escuchar.
Antes de intervenir, percibir.


Utopía como reconocimiento, no como invención

Trasladada al plano humano, esta lógica desplaza la idea de utopía.

No como modelo ideal situado en el futuro, sino como reconocimiento de una potencialidad ya presente en lo real.

No como fabricación de un mundo distinto desde fuera, sino como lectura más fina de aquello que ya está operando.

La utopía, en este sentido, deja de ser una fuga.
Se convierte en una forma de relación.


La razón ampliada

Reconocer un suelo vivo no implica abandonar la razón, sino ampliar su alcance.

La experiencia humana se organiza en múltiples planos: corporal, relacional, afectivo, histórico, simbólico.

Estos niveles no siempre son visibles, pero influyen de manera constante en lo que ocurre.

Aceptar esta complejidad no debilita el pensamiento.
Lo vuelve más preciso.

No todo lo real se muestra de forma directa.
Pero lo real deja trazas estructurales que pueden ser leídas.


El suelo también puede deformarse

El suelo no es necesariamente fiable en todo momento.

Puede estar atravesado por condicionamientos culturales, automatismos, creencias implícitas y formas de percepción que se presentan como naturales.

Por eso, no basta con “volver” al suelo.
Es necesario discernir.

Entre lo que sostiene realmente la experiencia
y lo que la sustituye.
Entre lo que está vivo
y lo que simula estarlo.


La pregunta por el punto de partida

En este contexto, la cuestión clave se desplaza.

No se trata únicamente de qué queremos construir, sino desde qué condiciones lo estamos haciendo.

Muchas iniciativas no fallan por falta de intención, sino por apoyarse en formas de percepción que reproducen aquello que buscan transformar.

El cambio efectivo comienza en la base desde la que se percibe.


Individualidad orgánica

La noción de individualidad puede adoptar formas muy distintas.

Puede expresarse como aislamiento, como rendimiento, como identidad de marca o como competencia.
Puede también diluirse en formas homogéneas de pertenencia.

Frente a estas variantes, aparece la posibilidad de una individualidad orgánica.

Una individualidad que no se opone al vínculo, sino que se articula a través de él.
Que no se define por separación, sino por diferenciación coherente dentro de un campo relacional.

Una individualidad enraizada en el autoconocimiento, capaz de sostener responsabilidad y presencia en relación con el entorno.


El suelo como condición de posibilidad

El silencio inicial puede leerse ahora como un indicador: ciertos lenguajes aún no están plenamente integrados en el suelo desde el que se piensa en común.

No porque sean inaccesibles, sino porque requieren otra configuración perceptiva.

En última instancia, la cuestión no es únicamente qué ideas circulan, sino desde qué base pueden ser habitadas.


Construir desde lo que sostiene

Volver a la indicación de Fathy no implica solo recuperar un principio constructivo, sino recordar una orientación fundamental: atender a aquello que hace posible cualquier construcción antes de intervenir sobre ello.

Porque en lo que sostiene, incluso cuando no se nombra, se organiza la experiencia.

Y es desde ese suelo vivo donde lo humano encuentra continuidad,
y donde el porvenir deja de ser una proyección abstracta
para comenzar a emerger como una extensión de lo real.


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