Ser y No-ser: la danza del florecimiento
"Al peral acude, no al olmo, si quieres peras".
"Señor, concédenos serenidad
y sabiduría para discernir la diferencia."
“Se dice que, hace mucho tiempo, Dios llamó a los ángeles y les ofreció la responsabilidad de tomar decisiones; ellos, muy sabiamente, declinaron, prefiriendo permanecer en su inalterable perfección de armonía con el universo. Dios pidió entonces a las montañas que aceptaran la responsabilidad, y ellas también se negaron, contentas de estar sometidas pasivamente a las fuerzas de la naturaleza. Pero cuando Dios ofreció al hombre el don de la responsabilidad, la ignorante criatura lo aceptó porque no comprendía lo que conllevaba.”
A nadie se le ocurre juzgar a un árbol por ser fiel a su propia semilla. Sin embargo, los seres humanos pasamos buena parte de nuestra vida exigiéndole a nuestra bioforma frutos para los que jamás fue diseñada.
En la superficie del cuerpo gráfico de nuestra anatomía energética, la distorsión resulta evidente. Confundimos el color de nuestra fuerza vital fija con la totalidad de lo que somos, y contemplamos el blanco de nuestra apertura como si se tratara de una carencia que debe ser corregida o manipulada.
Olvidamos que la apertura no es un defecto de fabricación.
El error necesario
En la primera infancia, la mente comete un error de cálculo que condiciona profundamente nuestra experiencia: confunde la porosidad natural de nuestra apertura con una amenaza existencial.
Para proteger esa vulnerabilidad innata, atrapados en la indefensión de un entorno homogeneizado, se activa lo que el Sistema de Diseño Humano denomina el imperativo genético de la compensación.
Construimos defensas.
Construimos identidades.
Construimos carácter.
De manera progresiva levantamos los muros de una personalidad que se erige para sobrevivir al condicionamiento —las fijaciones del ego— y terminamos habitando aquello que el Diseño Humano llama el No-ser: un personaje previsible que intenta obtener seguridad controlando aquello que nunca estuvo destinado a controlar.
Y sin embargo, sería un error considerar este proceso únicamente como un fracaso.
Porque un olmo no necesita descubrir que es un olmo.
Un ser humano sí.
La paradoja de nuestra especie es que parece despertar precisamente a través del extravío. La conciencia madura recorriendo los caminos equivocados hasta agotarlos.
El No-ser no es únicamente aquello de lo que despertamos.
Es también el sendero que nos conduce al despertar.
La arrogancia y el privilegio de elegir
Aquí resuena el antiguo relato recogido por Hassan Fathy.
Los ángeles permanecieron en la perfección.
Las montañas permanecieron en la perfección.
Solo el ser humano aceptó la responsabilidad de elegir.
Y con ella recibió tanto un privilegio como una carga.
Cuando la mente ejerce ese don desde la identificación con el ego, nos convertimos en el animal más presuntuoso de la creación. Pretendemos decidir qué ser, cómo ser y hacia dónde conducir el vehículo cuyas leyes ignoramos.
Queremos fabricar peras en el olmo.
Convertir la vulnerabilidad en fortaleza.
Transformar la apertura en definición.
Corregir la obra de la naturaleza.
Pero la vida posee una paciencia infinita.
Y tarde o temprano acabamos descubriendo que el sufrimiento no nace de ser quienes somos, sino de intentar ser aquello que no somos.
La bioforma constituye la base estructural de nuestra unicidad.
No determina lo que deberíamos llegar a ser.
Revela aquello que ya somos en potencia.
De su respeto nace todo lo demás: la frecuencia áurica depende del grado de alineamiento entre la conciencia y la forma.
Para restablecer este orden, la célebre fórmula de Reinhold Niebuhr puede leerse como un auténtico manual de descondicionamiento celular; un reflejo preciso de la estructura energética del Hexagrama 15 del I Ching, La Modestia, donde la firmeza de la Montaña descansa bajo la receptividad de la Tierra.
• La Serenidad es la capitulación de la mente ante la Montaña de nuestro diseño.
Es la aceptación radical de lo inmutable.
El olmo es olmo.
La definición es definición.
La forma posee una inteligencia anterior a cualquier idea que podamos tener acerca de ella.
La Serenidad nos devuelve al cuerpo y nos enraíza en la Estrategia y la Autoridad Interna.
• El Valor es la capacidad de permanecer abiertos.
La fortaleza necesaria para habitar la vulnerabilidad de nuestros espacios en blanco sin levantar las murallas defensivas del carácter.
El coraje de sentir sin apropiarse.
De recibir sin retener.
De experimentar sin construir identidad.
• La Sabiduría es el discernimiento que surge de la experiencia.
La comprensión celular que nos permite distinguir entre aquello que emitimos de forma consistente y aquello que absorbemos, amplificamos y reflejamos desde la apertura.
Y quizá exista todavía una cuarta virtud implícita.
• La Confianza.
La confianza de que la bellota sabe convertirse en encina.
La confianza de que la bioforma contiene una inteligencia mucho más profunda y fiable que nuestras ideas acerca de quién deberíamos ser.
Solo desde esta perfecta alineación es posible alcanzar esa plenitud irreversible de la que nos hablaba Antonio Blay.
Una plenitud que no nace del esfuerzo moral ni de la conquista personal, sino de la actualización natural de aquello que ya estaba contenido en la semilla.
Entonces algo se relaja.
No porque desaparezca la incertidumbre.
Sino porque desaparece la lucha interna.
La elección no desaparece; se transforma.
Ya no elegimos ser alguien.
Elegimos dejar de interferir.
Elegimos confiar.
Elegimos colaborar con la inteligencia de la forma.
Ya no elegimos qué ser.
Elegimos dejar de obstaculizar lo que ya está siendo.
Y cuando esa confianza madura, el conflicto entre Ser y No-ser revela su verdadera naturaleza.
Nunca fueron enemigos.
Eran compañeros de danza.
El No-ser nos condujo hasta los límites de la compensación.
El Ser nos sostiene cuando la compensación ya no resulta necesaria.
Y descubrimos entonces que jamás habíamos abandonado nuestro lugar.
Solo habíamos olvidado reconocerlo.
Al limpiar la pizarra de la apertura, el trauma del condicionamiento cede espacio a una belleza inesperadamente generosa. Una belleza que nos invita a recorrer la senda original de la creación y a participar conscientemente en el misterio.
Solo encuentra su lugar quien aprende a llevarlo consigo.
La iluminación nunca fue la perfección inalcanzable de los ángeles ni la inmovilidad de las montañas.
Es el descanso amoroso de permitir que el olmo despliegue su sombra más majestuosa.
Y contemplar, en santa paz, cómo la Vida se revela a sí misma a través de nosotros.
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