ser Y no-ser: la danza del florecimiento

"Al peral acude, no al olmo, si quieres peras".

Publilio Siro



“Señor, concédenos serenidad
para aceptar las cosas que no podemos cambiar,
valor para cambiar las que sí podemos,
y sabiduría para discernir la diferencia.”


Reinhold Niebuhr


“Se dice que, hace mucho tiempo, Dios llamó a los ángeles y les ofreció la responsabilidad de tomar decisiones; ellos, muy sabiamente, declinaron, prefiriendo permanecer en su inalterable perfección de armonía con el universo. Dios pidió entonces a las montañas que aceptaran la responsabilidad, y ellas también se negaron, contentas de estar sometidas pasivamente a las fuerzas de la naturaleza. Pero cuando Dios ofreció al hombre el don de la responsabilidad, la ignorante criatura lo aceptó porque no comprendía lo que conllevaba.”

— Hassan Fathy

A nadie se le ocurre juzgar a un árbol por ser fiel a su propia semilla. Sin embargo, los seres humanos pasamos buena parte de nuestra vida exigiéndole a nuestra bioforma, y a la vida de los demás, frutos para los que jamás fue diseñada.

En la superficie del cuerpo gráfico de nuestra anatomía energética, la distorsión resulta evidente. Confundimos el color de nuestra definición con la totalidad de lo que somos, y contemplamos el blanco de nuestra apertura como si se tratara de una carencia que debe ser corregida o manipulada. Olvidamos que la apertura, lejos de ser un defecto de fabricación, es el espacio donde se despliegan nuestros mayores potenciales de sabiduría.

Hace unos días sostenía al recién nacido Adén sobre mi pecho. Su respiración se encontraba con la mía. Su cabeza reposaba a la altura de mi corazón. Sus manos permanecían abiertas hacia el mundo con una confianza que parecía anterior a todo aprendizaje; sus ojos se encontraban con los míos y, durante unos instantes, desaparecía la necesidad de nombrar.

Mientras lo observaba apareció una pregunta sencilla: ¿En qué momento comenzamos a desconfiar de esta apertura original?. Quizá toda historia humana empiece aquí. En el instante en el que la apertura es, antes que nada, nuestra forma natural de estar en el mundo. Y el No-ser, además de nombrar aquello de lo que despertamos, nos ofrece también el mapa de esa larga aventura que emprendemos al alejarnos de nuestra apertura original para, algún día, regresar a ella con una comprensión más profunda.


El olvido necesario

En algún momento de nuestro desarrollo, la mente comete un gesto tan humano como inevitable: confunde la permeabilidad natural de nuestra apertura con una amenaza existencial. La criatura que llegaba al mundo confiando en el contacto, en la respiración compartida y en la simple experiencia de estar viva, comienza poco a poco a aprender las reglas de un entorno que le exige adaptarse. Para proteger nuestra vulnerabilidad innata, atrapados e indefensos en un mundo homogeneizado, lastrado también por sus propios olvidos, se activa un mecanismo que en el Sistema de Diseño Humano es conocido como el imperativo genético de la compensación.

Construimos defensas. Construimos identidades. Construimos carácter. Y quizás no exista nada más humano que ese movimiento. El problema no es tanto haber construido un yo como olvidar que se trataba de una construcción; confundir el refugio temporal con nuestra casa, tomar el nombre por aquello que nombra y permitir que la historia que nos contamos sobre nosotros mismos termine ocupando el lugar de la Vida que la sostiene. Creer, en definitiva, que conocernos consiste en encontrar una definición suficientemente precisa de nosotros mismos.

Y sin embargo, sería impreciso considerar este proceso únicamente como un fracaso. Porque un olmo no necesita descubrir que es un olmo; un ser humano sí. La paradoja de nuestra especie es que parece despertar precisamente a través del extravío. Nuestra conciencia madura recorriendo los caminos equivocados hasta agotarlos. A veces, olvidar también forma parte del modo en que la Vida aprende a reconocerse a sí misma.


La arrogancia y el privilegio de elegir

Aquí resuena el relato recogido por el arquitecto egipcio Hassan Fathy. Los ángeles permanecieron en la perfección. Las montañas permanecieron en la perfección. Solo el ser humano aceptó la responsabilidad de elegir, y con ella recibió tanto un privilegio como una carga. Quizá esa sea una de las características más desconcertantes de nuestra especie: no solo vivimos, también interpretamos la vida; no solo experimentamos, también construimos relatos acerca de lo que experimentamos y, desde esos relatos, hacemos lo imposible para orientarnos.

Cuando la elección emerge desde la confianza en la inteligencia de la forma, se convierte en participación. Pero cuando emerge desde el olvido de nuestra propia naturaleza, fácilmente se transforma en control. Entonces nos convertimos en el animal más presuntuoso de la creación. Pretendemos decidir qué ser, cómo ser y hacia dónde conducir un vehículo cuyas leyes ignoramos. Queremos fabricar peras en los olmos, transformar la apertura que nos ofrece la experiencia de la diversidad en definición o fijeza, corregir la obra de la naturaleza y hacernos invulnerables.

Pero la Vida posee una paciencia infinita, y tarde o temprano acabamos descubriendo que el sufrimiento no nace de ser quienes somos, sino de intentar ser aquello que no somos. Cuando recordamos, la elección deja de servir a nuestras necesidades de compensación. Lo que emerge es la responsabilidad de asistir como testigos al despliegue de lo que ya somos, despertando de la fantasía de que estamos separados de aquello que elegimos. Entonces asumimos sin esfuerzo la responsabilidad de colaborar conscientemente con la inteligencia de la forma que nos ha sido dada. Quizá ese sea el verdadero privilegio de elegir: no decidir quién ser, sino participar en el despliegue de lo que ya somos.


Geometría de la rendición

La bioforma constituye la base estructural de nuestra unicidad. No nos dice quién deberíamos ser; nos recuerda desde dónde estamos llamados a florecer. Revela aquello que ya somos en potencia, sin determinar lo que habremos de llegar a ser. De su reconocimiento y respeto emerge todo lo demás. Nuestra frecuencia áurica depende del grado de alineamiento entre la conciencia que observa y la forma que habitamos.

La célebre oración de Niebuhr puede leerse como una cartografía sorprendentemente precisa de este proceso; un eco de la estructura energética del Hexagrama 15 del I Ching, La Modestia, donde la firmeza de la Montaña descansa bajo la receptividad de la Tierra. Una secuencia de virtudes que se retroalimentan entre sí:

• La Serenidad es la capitulación de la mente ante la Montaña de nuestro diseño. Es la aceptación radical de lo inmutable. El olmo es olmo. El peral es peral. La definición es definición. La forma posee una inteligencia anterior a cualquier idea que podamos tener acerca de ella. La Serenidad nos devuelve al cuerpo y nos enraíza en la Estrategia y la Autoridad Interna.

El Valor es la capacidad de permanecer abiertos en la circunstancia que nos atraviesa. La determinación y la presencia necesaria para habitar la vulnerabilidad de nuestros centros en blanco sin levantar las murallas del carácter. El coraje de sentir sin apropiarse, de recibir sin retener, de experimentar sin construir identidad.

• La Sabiduría es el discernimiento que surge de la experiencia. Es la comprensión celular que nos permite distinguir entre aquello que emitimos de forma consistente y aquello que absorbemos, amplificamos y reflejamos desde la apertura. 

Y quizá todas ellas descansan sobre una cuarta virtud: La Confianza. La confianza de que la bellota sabe convertirse en encina; de que la bioforma contiene una inteligencia mucho más profunda y fiable que nuestras ideas acerca de quién deberíamos ser; de que participar conscientemente en ese despliegue resulta más fecundo que intentar dirigirlo.


Gratitud en la espera


“La plenitud que viene como consecuencia del desarrollo real del propio potencial es una plenitud irreversible, es una plenitud que permanece.”

Solo desde esta perfecta alineación es posible alcanzar esa plenitud irreversible de la que nos hablaba Antonio Blay. Una plenitud que no nace del esfuerzo moral ni de la conquista personal, sino de la actualización natural de aquello que ya estaba contenido en la semilla. Entonces algo se relaja. Aunque la incertidumbre esté presente desaparece la lucha interna.


La elección no desaparece; se transforma. Ya no elegimos ser alguien: elegimos confiar, elegimos participar, elegimos colaborar con la inteligencia de la forma. Ya no elegimos qué ser: elegimos dejar de obstaculizar lo que ya está siendo. Y cuando esa confianza madura, el conflicto entre Ser y No-ser revela su verdadera naturaleza. Nunca fueron enemigos; eran compañeros de una danza eterna. El No-ser nos condujo hasta los límites de la compensación; aquello que somos nos sostiene aun cuando la compensación deja de ser necesaria. Y descubrimos entonces que jamás habíamos abandonado nuestro lugar: solo habíamos olvidado reconocerlo.

Al limpiar la pizarra de la apertura, el trauma del condicionamiento cede espacio a una belleza inesperadamente generosa. Una forma de estar en el mundo que nos invita a recorrer la senda original de la creación y a participar conscientemente del misterio de la Vida. 


Solo encuentra su lugar quien aprende a llevarlo consigo. 


La iluminación nunca fue la perfección inalcanzable de los ángeles ni la inmovilidad de las montañas. Es el descanso amoroso de permitir que el olmo despliegue su sombra más majestuosa y contemplar, en santa paz, cómo la Vida se reconoce a sí misma a través de nosotros.






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